
A Daniela
Las veces que tengo un par de horas prudentes para almorzar en mi casa lo hago, las otras opto por lo más corto y almuerzo alguna chatarra en el centro. El caso que les voy a relatar sucedió hace un mes y medio. Un día frío y nublado de octubre (la primavera en Coquimbo es tan inestable como la redacción de Bukowski), en el que me fui feliz a mi casa a preparar algo para comer. Cabe mencionar que es completamente verídico.
La micro y su recorrido de 45 minutos hasta mi casa sólo aumentaron mi sueño y la fatiga. Dormí mientras mi estomago hacía sonar sus mejores gruñidos. Al menos la micro me deja cerca de mi casa, por lo que el recorrido micro-casa no hizo tortuoso mi hambre y ni mi mal humor post-sueño. Abrí la puerta de mi casa, vi el desorden de mi pieza, lo arreglé y luego fui a la cocina a ver qué me deparaba el refrigerador, esa es mi rutina, como la de cualquier universitario.
Llegó la hora del día en que el centro de atención son los alimentos. Ese momento en el que te sientes Nigella Lawson y piensas que preparar un banquete para tus amigos es un desafío limítrofe. Así que tomé unas verduras, unas carnes, unos condimentos y ya comenzaban a salir de mi boca palabras como "lovely" o "fantastic" sintiendo los aromas y las texturas. Pero a lo simple mortal. Y cuando digo "a lo simple mortal" es que por ejemplo, nadie (omitamos a Nigella) se puede ver tan confiado y cool metiendo los dedos en el recto de un pollo para después abrirlo por la mitad, a lo más Niña de las Camelias.
Quise omitir la situación del pollo, así que opté por un pedazo de carne. Un problema que tengo con la carne son las grasas y no por un tema de salud, no, para nada, es simplemente asco. Así que siempre me esmero en sacar toda la grasa que tenga, sin que me importe lo mucho que me demore en dejarla libre de esos pedazos tan asquerosos que siento entre los dientes al mascarlos por descuido.
En eso estaba cuando me vi (recordemos: más Niña de las Camelias, menos Nigella), con un cuchillo digno de Norman Bates, atravesando y cortando como bestia cualquier vestigio de grasa que, al momento de pensarlo, iba en beneficio de mi propia satisfacción y malcriadez. No vi la carne, vi las tripas. Me tapé los ojos por unos segundos con el antebrazo de la mano que mantenía firmemente el cuchillo. Al abrir lo ojos, la tabla para cortar estaba vacía, ya no estaba la carne. Miré hacia abajo y no se había caído, mientras buscaba en el lava platos sentí como desde atrás el sonido de unas pezuñas hacían sonar el piso. Dí una vuelta con la mirada y estaba un cordero con la piel cortada por presas, como la práctica asiática de la muerte por los cien cortes.
Quedé perplejo. El cuchillo lo tenía empinado hacia él, pero el cordero mutilado se limitaba a dar lentos pasos. Se acercaba cada vez más mí, mientras yo rehuía hacia la pared. Nunca le dí la espalda. Hasta que se acercó lo más posible hacia la punta de la navaja. Me miró a los ojos y me dijo: "¿Quién mierda te crees para sentirte con el poder de, no sólo comerme a mí y a mis hermanos, sino que de forzarnos a procrear para poder saciar tu hambre enfermiza?, humano. Tu especie siempre se ha pensado superior, pero caen en la peor de las bestialidades: la consciencia".
Se hizo hacía atrás y me dijo: "No entiendo como pueden ser tan miserables", levantando su cabeza y enterrándose el cuchillo en su cuello. Ese fue el día que dejé la carne.

1 comentarios:
Jaja creo que con lo que te paso son motivos suficientes para dejar de comer los cadáveres de animales, yo igual odiaba la grasita de la carne es asquerosa, en fin hace un par de años que igual la deje :), éxito en todo. Blessings!
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